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Analfabetas en el amor

Actualizado: jul 17


Cuando entré a la universidad me di cuenta que no sabía ni leer ni escribir. Claro, no me malinterpreten, sabía lo básico y eso me permitió presentar el ICFES y graduarme del colegio. Pero debo aceptar que los primeros seminarios que tomé fueron un pequeño calvario porque no tenía concentración ni capacidad de análisis para atrapar las ideas principales. Y escribiendo no me iba mejor: mi redacción era un sancocho textual. Aprendí en 7mo semestre, con una gran profesora que recordaré por siempre. Una mujer sin pelos en la lengua que tenía la firme intención de hacernos entender que no sabíamos leer ni escribir, y para lograrlo sabía muy bien que tenía que romper muchos paradigmas y taras que nos enseñaron desde una tierna infancia. Tuvo que ingresar a nuestro disco duro y formatearlo. Ir a sus clases fueron peor que un parto, pero hoy en día veo el fruto de ese parto y no puedo hacer más sino agradecerle (se llama Alcira Saavedra).


Me gusta pensar en los actos de leer y escribir cuando pienso en el amor. Se podría decir que ya todos sabemos hacerlo, pero la verdad es que hacerlo bien no es para nada fácil.

Hay gran verdad que debemos saber si queremos recibir y dar amor de la mejor manera, y que CS. Lewis escribió de una forma muy bonita: EL AUTÉNTICO AMOR REQUIERE VULNERABILIDAD. Es decir, amar significa volverse vulnerable.


No todos comprenden esto. Es más, se alejan de esta verdad porque buscan en el amor una satisfacción, un entretenimiento, una compañía pues la soledad los aterra. En pocas palabras: buscan que la otra persona los haga felices cuando quieran, como quieran y donde quieran. Si esa persona les exige algo distinto o representa un reto hay muchos que prefieren no arriesgarse y dejarla ir. Se ponen el escudo de la falta de compromiso para evitar enamorarse, evitan sacrificarse por la otra persona, sólo están pendientes de su propio bienestar y felicidad… y precisamente eso es lo contrario a la vulnerabilidad.

Pero entonces ¿qué es ser vulnerable?


Ser vulnerable significa mostrar nuestras debilidades, dejar nuestros escudos un lado, alejarnos de nuestra comodidad e interesarnos por la comodidad del otro. Es como desnudarnos interiormente y dejarnos ver por a otra persona. Tal cual somos.

Muchas veces hemos tenido malos maestros en el amor, y nos puede pasar como lo que me pasó en la Universidad: pensé que sabía leer pero cuando me entregaron los primeros parciales me di cuenta que estaba muy lejos de saber hacerlo.


Tener malos maestros conlleva a que generemos rutinas, realicemos ejercicios y obtengamos resultados mediocres que van en dirección opuesta a los objetivos trazados. Y lo peor de todo es que una vez aprendidos es muy difícil deshacernos de ellos. Pero no es imposible. Para eso se necesita un buen maestro y el mejor maestro es Cristo y Su amor.


Analicemos su vida: nacer en un pesebre, en la mitad de la nada, rodeado de burros y bueyes es nacer en un lugar vulnerable. Pasar toda la vida recorriendo el mundo sin tener casa, trabajo, o cualquier comodidad es escoger una vida vulnerable. Morir como el peor de los rufianes, desnudo y clavado en una cruz es morir de la manera más vulnerable posible.

¿Por qué Dios, viviendo en la gloria del Cielo, escogería venir a la tierra a ser el más vulnerable de los seres humanos?


Cada día me convenzo más que vino a enseñarnos a amar de la mejor manera. Él vino a ser maestro de amor. Y su vida es un claro ejemplo de eso.


No importa cuál fue nuestra escuela de amor (hay unas mejores que otras indudablemente). Lo que importa es que Cristo es el mismo siempre, y nunca ha dejado de enseñarle a quienes se acercan a Él buscando aprender a amar. Si queremos dejar de ser analfabetas en el amor debemos tomar la decisión de aprender. De la misma forma que leer es un hábito, amar también lo es.


Muchas veces me ha sucedido que si dejo de leer por un tiempo, cuando retomo la lectura me doy cuenta que me demoro mucho y termino cansada mentalmente. Cuando empecé a escribir me di cuenta que necesitaba leer bastante porque esa es la mejor forma de hacerlo bien. Leer es acoger las palabras de los demás, y escribir es encontrar las propias. Al final es un ejercicio de ida y vuelta. El amor también es de ida y vuelta: debemos aprender a ser vulnerables, pero también debemos aceptar y recibir la vulnerabilidad de los demás. Y como cualquier ejercicio debemos hacerlo regularmente porque se nos pueden atrofiar los músculos, y cuando se trata de amor el egoísmo es como un virus silencioso pero rápido que atrofia los miocardios.


Para ejercitarnos, Jesús nos dejó una pista (que ya se nos había dado en el Antiguo Testamento – Levítico 19:18) “Ama al prójimo como a ti mismo” (Lc 10:27). Una gran clave. Pero ¿la entendemos de verdad?


Muchas veces pasa desapercibido que en esta frase se exige un punto de referencia: como a mí mismo. Esto significa que el yo es importante, y si mi propio “yo” es quien el punto de referencia para amar a los demás entonces nos debemos preguntar: ¿Me amo de verdad? ¿Me acepto? ¿Me perdono? ¿Me entiendo? ¿Me dedico tiempo y me consiento? ¿Me doy permiso de ser vulnerable?


Alguien que no se acepta a sí mismo ¿cómo va a aceptar a los demás?


Alguien que no se perdona los errores ¿cómo se los va a perdonar a los demás?


Alguien que no tolera ser vulnerable ¿cómo va a recibir la vulnerabilidad de los demás?


Una sana autoestima conlleva casi simultáneamente a una sana relación con los demás. El punto aquí es: ¿cómo construirla?


En la noche de mi conversión (que fue durante unas misiones de semana Santa, frente al Santísimo Sacramento, el jueves), me pasó algo increíble: había pasado una semana espectacular, conocí gente que nunca pensé que podría existir (sin reservas, con una sonrisa todo el tiempo, sudando amor por todos los poros). La pasé tan bien que mis problemas y dificultades se me olvidaron (tenía una vida desordenada en varios aspectos y era una católica muy tibia – que no conocía ni vivía la fe).


La noche del jueves Santo teníamos que hacer vigilia, y a cada uno le dieron un turno de adoración. A mí me tocó a las 2:30 am. Llegué frente al Santísimo y no tenía ni idea qué hacer. Sobre la banca había una hoja que decía lo siguiente “Imagina que Dios está al frente tuyo y te vas a tomar un café con Él. Aquí te damos diez ideas de las que posiblemente quisieras hablarle”. La primera era: cuéntale de tu familia, de tus amigos, de tu vida.

En ese momento me acordé de mi desorden y empecé a llorar. Cuando terminé eran las 5 de la mañana. Sentí que no tenía nada que hacer ahí y le pregunté a Dios por qué me había llevado a ese lugar si Él sabía muy bien quién era yo. En pocas palabras fui vulnerable ante Él porque no tenía absolutamente nada que ofrecerle, ni siquiera dos panes o cinco peces, y se lo dije sin pelos en la lengua. Fue justo ahí cuando pude sentir Su amor: me dijo que le dejara todos esos problemas en Sus manos y que me dejara amar por Él. Desde esa noche mi vida se trasformó radicalmente, y aunque seguir a Cristo es difícil porque hay que andar por el camino estrecho en donde uno se cae con mayor facilidad, cada paso, raspadura y tropiezo vale mucho la pena.


Cuando nos acercamos a Dios sucede algo muy cierto que un autor desconocido expresó muy bien “En los juicios humanos, se castiga a quien confiesa su culpa; en el juicio divino, se le perdona… Bendito sea Dios”.


Para amarnos a nosotros mismos debemos encontrar nuestro valor, y Cristo vino al mundo para enseñarnos que somos tan valiosos que prefirió morir antes que pasar la eternidad sin nosotros. Cristo nos quiere amar, y sabe perfectamente que para hacerlo debe aceptarnos tal cual somos (con nuestras fallas y debilidades).


Muchas veces somos nosotros quienes no nos aceptamos y pensamos que Dios tampoco lo hará. Mostrarle nuestros pecados, fallas, errores significa ser vulnerables ante Él, y esa es la única forma en que podremos sentir Su amor.


Para poder amar a los demás nos debemos amar a nosotros mismos. Y para poder amarnos debemos acercarnos a Dios porque sólo Él nos puede mostrar nuestro verdadero valor. Una vez hallamos recibido Su amor, estaremos listos para ir a dárselo al mundo.

Escrito por: Cristina Umaña Balen



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