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Fisioterapia Emocional

Actualizado: jul 17

Eran las 4 de la mañana y todos estábamos listos para devolvernos de unas excelentes vacaciones de año nuevo. Hicimos una oración antes de empezar el viaje, mi papá prendió el carro y salimos dejando la playa atrás.


A eso de las 8 – 9 de la mañana, cuando el sol está empezando a calentar y después de haber desayunado en la carretera, todos (mi papá, mi mamá, mis hermanos y yo) nos quedamos dormidos mientras manejábamos. Para hacerles corto el cuento: mi mamá tuvo una operación de columna, mi hermano se rompió la nariz, mi hermana tuvo una lesión en la rodilla, mi papá tuvo otra en la espalda y a mi se me dislocó la cadera y se me rompió la cabeza del fémur. Créanme cuando les digo que pudo haber sido mil veces peor. De verdad. Mi mamá y yo estamos vivas porque no era la hora de irnos de fiesta con el Espíritu Santo y San José (serán los primeros que saque a bailar si llego al cielo).


Ese accidente significó tres meses de no mover la pierna derecha (es decir, en cama) y otros cuatro para aprender a caminar otra vez. Hoy por hoy les digo que soy muy afortunada porque puedo ir a bailar salsa y mis parejos ni siquiera se imaginan que tengo tres tornillos en la pierna.


Obviamente algunos días me duele terriblemente, y si no hago la fisioterapia me dan ganas de botar la pierna por la ventana. Pero no me quejo, cuando me duele me acuerdo que pudo haber sido peor, y le agradezco a Dios porque tengo algo que ofrecer cuando alguno de mis amigos me pide oraciones especiales.


Toda esta historia va a lo siguiente: muchos de nosotros (por no decir todos), hemos recibido heridas afectivas. Unas nos duelen más que otras y habrá algunas que necesitan atención especial. Coincidencialmente, cuando estaba en mi proceso de recuperación me llegó la invitación a un retiro de sanción interior. Lo que más me sorprendió fue darme cuenta que el proceso para sanar las heridas emocionales y espirituales era muy similar al que estaba viviendo físicamente.


Primero, debemos acudir a Dios en oración, permitirle que abra nuestro corazón y que salgan a flote todos esos recuerdos dolorosos (yo tuve que permitir que el ortopedista me abriera la pierna para poder ver el hueso que estaba roto). Si les digo la verdad, eso fue mucho más doloroso que el accidente mismo porque mi cuerpo no sólo tenía que asimilar los nuevos tornillos, sino también sanar la herida que quedó al abrir la pierna. A nivel emocional es muy parecido, debemos asimilar un mar de preguntas que nos dejarán en shock: ¿por qué después de tantos años me sigue doliendo igual? Si esa persona ni siquiera supo todo el daño que me ha hecho ¿cómo puedo perdonarla? ¿Cómo puedo despedirme si no pude estar a su lado cuando murió? Hice algo terrible y me desconozco ¿cómo puedo perdonarme a mí mismo?…


Durante las primeras semanas de recuperación llegaron 998.087.987 personas a preguntar cómo estábamos, a saludarnos, a estar con nosotros. A todos les contamos la historia y creo que escuchar la versión de cada uno fue bastante importante. Aunque todos estuvimos ahí, cada uno sufrió a su manera. Lo mismo pasa con Dios, es necesario contarle y dejarle en sus manos cada detalle de nuestra propia versión: los lugares, los sentimientos que se despertaron, las personas que estaban ahí, hasta los aromas y colores (es impresionante cómo muchas personas desarrollan aversiones a sabores, olores o colores si éstos hicieron parte de una escena dolorosa).


Después viene la parte más aburrida: esperar. Mi espera fue dolorosa (obviamente) pero no podía evitarlo. Si hubiera hecho otras cosas para distraerme esto habría sido riesgoso porque mi estado era delicado (sólo podía leer, ver películas o series, pero los analgésicos eran tan fuertes que no me podía concentrar muy bien). Y sumarle a eso la soledad. Nadie, por mucho que te quiera va a estar durante 7 meses al pie de tu cama (1).

Tuve que aprender a moverme sola, a buscar formas de convivir con el dolor, a realizar los pocos ejercicios que debía hacer. Con las heridas emocionales es parecido: sentirás que nadie puede comprender lo que te pasó y lo que significó. Y así es, porque sólo te pasó a ti, y tu experiencia es única así tuvieras compañía. Esta fase es importante para sanar porque nunca se nos va a olvidar lo que pasó (para eso es necesario sufrir de amnesia).

Lo que debemos hacer es aprender a vivir con esa historia, aprender a perdonar, a vivir con el recuerdo sin sentir rencor, dolor o remordimiento. Pero eso toma tiempo y si tratamos de distraernos con otras actividades podemos hacernos más daño (estamos en un estado delicado). Hay que enfrentar los sentimientos, dejarlos entrar y que se tomen una taza de café. Que nos cuenten lo que nos tienen que decir (muchas veces sus mensajes son difíciles de aceptar y las lágrimas son las únicas que podrán llevarse ese peso). Al final se deben ir, como cualquier visita. Los sentimientos no son los dueños de la casa, pero hasta que no les abramos la puerta seguirán ahí, timbrando de vez en cuando.


Por arte de magia llegó la siguiente fase: ya podía ir al baño sola, bajar las escaleras parada, empecé a salir. No tenía que tomar analgésicos y gracias a eso empecé a aprovechar y disfrutar más mi tiempo. Es la etapa más silenciosa de todas. Emocionalmente es igual: en algún momento nos sorprendemos porque se nos olvidó pensar en eso, y cuando lo hacemos no es tan doloroso. Es como el amanecer, de pronto es de día y nadie se dio cuenta cuándo salió el sol.


En este punto fue necesario empezar con la fisioterapia dura: aprender a caminar dentro del agua, después en el suelo. Fortalecer los músculos, dejar las muletas, etc. La idea es volver a la cotidianidad de la mejor manera. Inevitablemente llegará la frustración de no poder salir corriendo como antes (en mi caso ir a bailar). Pero las escaleras se suben de una en una, no todas de un paso. La clave es tener disciplina para hacer los ejercicios regularmente, y tener paciencia con uno mismo.


Como se lo imaginan: es igual a nivel interior. Muchas veces nos preguntaremos si podremos volver a amar o a reírnos de corazón, si podremos perdonar o confiar en los demás. Eso sólo lo podemos lograr si hacemos los ejercicios más difíciles, es decir: dejarnos amar por Dios para después amarnos a nosotros mismos (y poder amar a los demás). Riámonos de nuestros errores, perdonémonos nuestras fallas, confiemos en nuestros dones y en especial en Dios. Es muy fácil escribirlo, pero llevarlo a cabo es más complicado. El mejor lugar para realizar la fisioterapia emocional es frente al Santísimo Sacramento, y la mejor rutina es el Rosario y la Misa.


Si somos constantes en estos ejercicios veremos una mejoría que nunca imaginamos alcanzar.


Debo reconocer que hay días en que algún movimiento me hace llorar del dolor, o simplemente el cansancio hace que la pierna entre en huelga y hasta me pone de mal genio. A nivel emocional es suficiente una palabra de alguien (hasta de un desconocido) para sentir la cicatriz que dejó la herida, y podemos pensar que nunca superaremos la situación. Esos momentos son para mí de un valor incalculable porque me recuerdan que pasé por una gran prueba y salí vencedora. Si hay mucho dolor simplemente me dedico a la fisioterapia, es decir, voy al Santísimo y espero a que me diga qué ejercicio debo hacer. Y lo hago. De lo contrario seguiré igual.


Las batallas más duras son para los mejores soldados. Nosotros decidimos si nos queremos recuperar y ser un ejemplo para los demás, o dejarnos llevar por la aflicción, el rencor y el dolor. Cuando amanece podemos decidir entre abrir las ventanas, recibir el calor del sol y recordar el brillo de las estrellas que sólo durante la noche pudimos ver, o permanecer con las cortinas cerradas y sumergirnos en la oscuridad.


(1) Aunque sentí la soledad, también hubo quienes nunca dejaron de estar pendientes. Ustedes saben quiénes son. (Gracias! Los amo).


Escrito por: Cristina Umaña Balen


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