Perder la prisa

¿Cuándo te das permiso de pausar y respirar: cuando se acaba el día y estás dentro de la cama? ¿O ni siquiera en ese momento porque estás pensando en todo lo que tienes que hacer al día siguiente? A veces aplazamos el momento de recargarnos, de pasar tiempo con nosotros, de desconectarnos y sin darnos cuenta se acaba el día sin que eso sucediera.

También es cierto que esos momentos de recarga personal a veces son mal vistos por un mundo en donde todo tiene que funcionar, en donde todo debe ser novedoso, despampanante y perfecto... y para lograr producir eso no podemos perder el tiempo en "boberías".


El auto-cuidado no es una "bobería" porque nos permite reconocer las emociones y sentimientos que nos acompañan en el día día. ¿Y eso para qué sirve? Para habitarnos a nosotros mismos de manera más consciente y así relacionarnos cada vez mejor con nuestra propia esencia, con nuestro yo más íntimo... y además, eso renovará la manera en que nos relacionamos con los demás.

Hazaña de valientes Todo lo anterior suena muy bonito, pero si te atreves a vivirlo te darás cuenta que lejos de ser bonito o fácil, es una hazaña de valientes. El viaje hacia nuestro interior, el descubrimiento de nuestro verdadero ser nos lleva a enfrentar esas zonas oscuras y dolorosas que nos asustan. Es como ir al sótano oscuro o al bosque de nuestro interior en donde muy probablemente nos encontraremos con algunas (o varias) situaciones de las que hemos huido, porque la primera vez que las conocimos nos hicieron ver algo que debía ser trabajado, algo que nos exigía la valentía de pedir ayuda o de buscar una solución. Si nos dio miedo la primera vez que las vimos, muy seguramente nos volverá a congelar la sangre la segunda vez que lo hagamos. Pero si nos atrevemos a acercarnos adecuadamente, si buscamos ayuda para ingresar a ese sótano o bosque personal, inevitablemente tendremos que vivir una transformación porque ya no podremos ignorar nuestros defectos, temores y áreas oscuras. Ya las hemos alumbrado con la luz de la consciencia y ahora nos preguntan: ¿qué vas a hacer? ¿vas a volver a huir? ¿vas a buscar ayuda y te renovarás?

La ayuda adecuada


¿Quién tiene el valor y las herramientas para acompañarnos a nuestro sótano o bosque interior? Esa es la pregunta del millón de dólares. Para responder a esto me gusta recordar lo que dice el Génesis acera de "la ayuda adecuada": en el primer capitulo, cuando se habla de la creación del ser humano, se relata la primera vez que Dios le presenta a Adán su ayuda adecuada: Eva. En ese momento Adán estaba sólo en el paraíso, rodeado de la naturaleza y los animales. Allí Adán experimenta la soledad que surge del saberse diferente a los animales y al resto de la creación, la soledad en la que el corazón le hace ver que está creado para la comunión, para la entrega de si mismo y para recibir a alguien semejante a él. Dios es testigo de ese anhelo del corazón y dice "no es bueno que estés sólo: ya estás listo para recibir tu ayuda adecuada, a la persona que podrá satisfacer el hambre de comunión que tiene su corazón", y en ese momento le presenta a Eva. No cualquier persona es esa ayuda adecuada que nos podrá acompañar a las profundidades de nuestro corazón, a nuestro bosque interior. Muchas veces ni siquiera nos atrevemos a iniciar este viaje porque precisamente nos sentimos solos y desprotegidos.

Cuando nos encontramos en este punto tenemos dos opciones: la primera es evadir este lugar y llenarnos de otras preocupaciones que nos distraigan de esa hazaña. La segunda es volver a Dios porque es Él quien conoce el camino que debemos recorrer, y además es Él quién nos presentará a esa persona, a esa ayuda adecuada que nos acompañará en el viaje más importante de nuestras vidas: el viaje del conocimiento de nuestro verdadero ser.


Importante: esta reflexión no significa que la ayuda adecuada debe ser una pareja sentimental, sino alguien que tenga las herramientas para acompañarnos (un profesional, amigo/a, familiar...)

Perder la prisa A veces creo que nos hemos convertido en una sociedad frenética y sin pausa porque precisamente nos da miedo entrar a las profundidades de nuestro ser. Estamos inmersos en una soledad que nos petrifica y no sabemos cómo encontrar la ayuda adecuada.

Perder el tiempo nos llevará sin duda a encontrarnos con esa ausencia, y aquí es cuando digo: no se trata de perder el tiempo, sino de perder la prisa para vivir la vida en la plenitud a la que estamos llamados. Es una hazaña de valientes porque significa dar el salto al vacío de la confianza en Dios, cerrar nuestros ojos y decirle: Tu eres mi Dios, Tu me has creado, Tu sabes qué necesito y ahora quiero recorrer el camino que me propones, abandonar el que he caminado hasta aquí y abrazar Tu plan por encima del mío. En ese momento estaremos listos a recibir el milagro de la ayuda adecuada. Es cuestión de fe.

Cristina Umaña - Socióloga cultural



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